El tóxico romance entre Donald Trump y Twitter acaba de dar un giro trágico. 

Todo comenzó a finales de mayo, cuando el errático mandatario decidió acusar al gobierno de California de incentivar el fraude electoral, pues en el contexto del coronavirus el gobernador demócrata Gavin Newsom ha decidido fomentar el voto por correo para las elecciones generales de noviembre en Estados Unidos. Trump argumenta, sin evidencia que lo respalde, que las papeletas para votar podrían ser usadas por residentes ilegales y hasta falsificadas.

En una movida totalmente inesperada, Twitter decidió etiquetar la acusación publicada en la plataforma con la leyenda: “consigue los hechos sobre voto por correo” y añadió un link a una serie de datos seleccionados por la plataforma. 

El asunto escaló solo unas semanas después, cuando Trump, en un gesto que ojalá le cueste su carrera política, tuiteó:

trump-twitter-tuits-george-floyd-libertad-expresion“Cuando comienzan los saqueos, comienza el tiroteo”, escribió, haciendo referencia a las intensas manifestaciones que se desataron en diversas partes de E.U. tras el asesinato de George Floyd cometido por la policia de Mineappolis. Considerando la forma en que este sujeto hace uso de Twitter, la histórica frase no puede ser más que interpretada como una orden directa para violentar a quienes, como símbolo de protesta, ejecutaban actos de desobediencia civil.

Los responsables de la plataforma que Trump utiliza prácticamente como medio de comunicación oficial, no pudieron evitar actuar en contra del mensaje y, esta vez, decidieron etiquetar el tuit por incumplir con las reglas de la red sociodigital al “glorificar la violencia”. 

El mensaje no fue eliminado, pues el sitio considera que es de interés público. Sin embargo, la etiqueta enojó profundamente al tuitstar republicano, quien decidió firmar una orden ejecutiva que busca “eliminar sus protecciones contra demandas civiles”.

Mientras que la plataforma virtual es considerada normalmente un “editor”, el cambio que pide Trump la haría directamente responsable de lo que ahí se publica o no se publica, como si fuera un “autor”; de forma que un usuario podría retar legalmente a la empresa detrás de la red sociodigital si, por ejemplo, percibe censura o difamación.

A lover’s quarrel

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Esta “pelea de amantes” lleva ya varios meses en marcha. A pesar de ser ultra dependiente de las plataformas de red social para hacer campaña, comunicarse, insultar a otros, despedir gente, entre otras, el presidente Trump ha estado sospechando por mucho tiempo que estos espacios tienen un “sesgo anti-conservador” y están buscando censurarlo; en respuesta, él podría hacerlas desaparecer. Según dijo, mientras firmaba la orden, lo que busca es: “defender la libertad de expresión de uno de los más grandes peligros que ha enfrentado en toda la historia americana”.

La pregunta no es si Trump puede o no dislocar las redes sociodigitales o, por lo menos, poner en orden la verdad generada dentro de este espacio. La pregunta es si debería. El caso de este poderoso y acomplejado hombre con una adicción a tuitear es el perfecto punto de partida para una rica discusión sobre libertad de expresión. Y, también, un buen ejemplo para visibilizar el lugar que cada agente relevante en el asunto está tomando frente al problema. 

Las redes sociodigitales cambiaron para siempre la comunicación política

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Y Donald Trump es una figura central en este asunto. Es imposible olvidarse de su turbia relación con Cambridge Analytica. Esta empresa se jactó de tener millones de datos públicos y privados pertenecientes a usuarios de redes sociodigitales que, como celebraron en 2016, utilizaron para ayudar al republicano a ganar la presidencia. 

trump-twitter-tuits-george-floyd-libertad-expresion¿Y cómo lo hicieron? Según explicaron funcionarios de la empresa como Brittany Kaiser, Alexander Nyx y Steve Bannon (quien, por cierto, fue consejero de campaña para D.T.), fue relativamente sencillo: los datos servían para generar perfiles y distribuir productos de comunicación específicamente diseñados para cada objetivo. La precisión dependía de los datos. 

Hoy sabemos que muchas de las cosas que CA dijo hacer son básicamente imposibles y, probablemente, inútiles. Lo que sí está claro es que Trump tiene un largo historial de, por lo menos, tratar de usar las plataformas de redes sociales para manipular la opinión pública y, al mismo tiempo, incidir en los procesos políticos de su país y el mundo entero.

Trump y Twitter: radiografía de una relación tóxica

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Información: The New York Times

“Ha sido uno de los más grandes romances en la historia política de Estados Unidos”, escribe David Smith para The Guardian. La plataforma, —continúa el periodista— que no tiene más de 15 años de existencia, se ha convertido en “el primer borrador de la historia presidencial.” En ese sentido, tanto a Smith, como a muchos otros analistas, les parece improbable que Trump realmente se enfrasque en una guerra con estos medios. 

El republicano, que es un ávido usuario, ha acumulado más de 82 millones de seguidores y ha redactado alrededor de 52 mil tuits en la última década. Hace un par de años el New York Times se dio a la tarea de analizar 11,000 de esas joyas (las tuiteadas entre enero de 2017 y octubre de 2019) y algunos de los resultados son dignos de ser recordados:

  1. Trump ataca a alguien o algo en más de la mitad de sus tuits.
  2. Solo en el periodo analizado Trump atacó a 630 cosas y personas en 5,889 tuits.
  3. Sus ataques ocurren cuando está solo: temprano en la mañana o hacia la noche. Según el NYT esto ocurre porque sus consejeros suelen oponerse a su errática comunicación vía virtual.
  4. Twitter es su principal medio de comunicación y lo utiliza como herramienta para tomar decisiones a pesar de su equipo, partido y patrocinadores.
  5. Además de los ataques, el presidente utiliza Twitter para difundir “teorías de conspiración, información falsa y contenido extremista”; lo hizo en 1,710 de los 11,000 estudiados.
  6. Ha despedido a funcionarios de alto rango por esta vía y en 417 de los 11,000 tuits analizados condujo acciones oficiales.
  7. “Si no lo tuiteo, no le hagan caso a mi equipo”, cita el NYT.
  8. Por otro lado, según una fuente citada por el NYT, los tuits más gustados por la gente, suelen tener peor recibimiento fuera de la red social digital y viceversa: los que tienen menos ‘engagement’ y que suelen tener un tono más “positivo” y menos conspiracionista, son los más aceptados por el público no virtual.
  9. Según la investigación hay suficiente evidencia como para decir que la cuenta de Twitter de Trump y las reacciones a sus tuits no son un buen reflejo de su popularidad o la opinión que los votantes tienen sobre él; sin embargo, los mensajes que emite en Twitter impactan de forma muy real en otras dimensiones de la realidad.

¿Debería Twitter censurar a Trump?

trump-twitter-tuits-george-floyd-libertad-expresionEl amor no es unilateral en este caso. Twitter no es un espacio irrelevante; no necesita de Trump para sobrevivir, pero sacarlo de la plataforma significaría perder una importante fuente de información sobre el presente. No sirve de nada negarlo: este sujeto ocupa una de las más relevantes posiciones en el mundo contemporáneo. Por otro lado, ¿debería el gobierno de Estados Unidos regular las acciones de las redes sociodigitales?

No es la primera vez que la pregunta se abre. El caso Cambridge Analytica mostró que los usuarios estamos constantemente siendo minados, en busca de datos para perfilar nuestro consumo y eficientar los procesos de marketing digital. En el caso CA, algunos funcionarios declararon que los datos se obtuvieron directamente de Facebook, asunto que puso en tela de juicio la peculiar ética de Mark Zuckerberg.

Por otro lado, las plataformas como Twitter, Facebook y Youtube, constantemente son presionadas para que eliminen el flujo de noticias y datos falsos y también para que no permitan contenidos que inciten a la violencia o que bloqueen a usuarios que utilizan los medios sociales para organizar actos violentos concretos. 

Cuando en Sri Lanka —un país con fuertes conflictos religiosos— ocurrió un ataque de ISIS en 2019, el gobierno cerró los accesos a las redes, Whatsapp incluido, buscando evitar la desinformación y que no se incentivaran más actos violentos entre comunidades. 

En este caso, las autoridades fueron muy criticadas: ¿por qué privan a la gente de sus medios de comunicación cuando, evidentemente más los necesitan? Por otro lado, ¿por qué hay terroristas en Facebook? ¿Por qué permiten los dueños de estas plataformas que estos grupos usen Twitter o Whatsapp para coordinarse? Tal vez por la misma razón que Trump tiene una cuenta, donde casi de forma impune ha atacado a minorías, periodistas y hasta civiles aislados por más de una década.

¿Deberíamos censurar a Trump? ¿Deberíamos hacer responsables a las redes sociodigitales? En medio de su berrinche, Trump podría, tal vez, cambiar las circunstancias. Su orden ejecutiva ha reactivado este interesante debate en el que hay muchas posturas.

Billy Bambrough describe para su artículo en Forbes tres de ellas: 

  1. Los “absolutistas de la libertad de expresión”, quienes sostendrían que sacar a Trump de la plataforma o censurarlo es revocar su lugar en la sociedad.
  2. Los “capitalistas rigurosos”, que argumentarían a favor de permitir que cada negocio dicte cómo se deben usar sus servicios.
  3. La sección alternativa, que celebra la posibilidad de aumentar el uso de plataformas “descentralizadas”, servicios de red social basados en el uso de sistemas de “blockchain”.

Hay otra postura —siempre relevante, pero desatinada— que vale la pena poner en la mesa. Se trata de Mark Zuckerberg, quien simplemente decidió no hacer nada. No hizo nada cuando Cambridge Analytica obtuvo desde Facebook millones de datos privados y tampoco hizo nada cuando Trump dijo “when the looting starts, the shooting starts”. Recientemente hizo algo: bajó un video de Trump, porque había recibido un reclamo por derechos de autor y en los últimos años Facebook ha intentado disminuir la cantidad de “fake news” que se publican en la plataforma.

Tal vez el problema son las llamadas “redes sociales”, tal vez sí deberíamos comenzar a usar plataformas alternativas para comunicarnos, espacios autogestionados que no se utilicen para minar datos, sino solo para compartir y colectivizar y llamar a la acción. Espacios incluso donde se podría neutralizar la propaganda y hasta el discurso político. 

Tal vez el problema es el concepto de “libertad de expresión”

En esta, la era de Google, Twitter y Facebook, donde podemos “cancelar” a una persona por lo que dice o ha dicho; donde no queremos escuchar más que reiteraciones de nuestras propias habladurías, elogios a nuestra opinión; donde somos más adictos que nunca a nuestras ideologías; donde todos somos inamovibles; donde luchamos constantemente contra la opinión de miles; donde estamos más enojados que nunca; donde un tuit puede incendiar el mundo; donde todo es personal, porque lo experimentamos con nuestros propios ojos, fijos en la pantalla; en esta era ¿puede haber libertad de expresión? 

Nunca había sido tan amplio el margen para limitar la expresión. Nunca habían existido tantas etiquetas sobre las identidades, sobre el género, la sexualidad, la etnia, la clase, la filiación política. No, no hay que confundirse: no estamos hablando de una “generación delicada, con la que ya no se pueden hacer chistes machistas o sobre pedofilia.” Tampoco estamos sugiriendo que se deban coartar las libertades de expresarse. Pero es urgente revisar el concepto. 

La libertad es una potencia: siempre estamos siendo modelados por condiciones. La noción de libertad nos impulsa a movernos, pero alcanzarla, ¿no significaría quedarnos totalmente quietos en ella? Tenemos que poder decir lo que creemos que es necesario y esta condición debería extenderse a todos. Pero no es posible mediar todos esos millones de discursos usando como elemento nuclear a la libertad de expresión. 

Tal vez es tiempo de acuñar otro concepto

En tanto a la comunicación, es decir, el acto de hacer público un mensaje, podemos cultivar la “expresión responsable”: la que se compromete con lo dicho en tanto que asume sus efectos estéticos (lo que provoca en los otros) y, a su vez, se compromete con el espacio en donde hace público su decir. Podemos empezar por nosotros mismos: por observar cómo comunicamos, qué evidencias presentamos, cómo las interpretamos y cómo guiamos la interpretación de los otros. 

A la pregunta “¿quiénes son los responsables de las redes sociales?”, la respuesta apropiada es “soy yo”. Lo público lo contruyo yo. El racismo lo desdibujo yo. Twitter solo es un cúmulo de habladurías y es mi responsabilidad notar lo que reitero, lo que censuro; el discurso que apoyo, el que deconstruyo, el que descarto, el que consumo y hago que otros consuman.

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